Nuestro Emblema



Los dioses reunidos acordaron que dos de ellos tendrían que sacrificarse para crear al nuevo Sol. Se ofrecieron Tecuciztécatl "El Señor de Los Caracoles" y Nanahuatzín, "El Purulento". Uno, la exaltación de la belleza; el otro la representación de la imperfección humana. Los dos querían ser el Sol del quinto intento en busca de la perfección humana. Para ello debían hacer una semana de sacrificios, purificarse y saltar sobre el fuego cósmico que libera a la materia y la convierte en energía.
Tecuciztécatl utilizó para su ofrenda plumas de quetzal, bolas de oro y unas espinas hechas de coral. El no se comprometió y evadió el autosacrificio espiritual presentando ofrendas materiales y suntuosas. Nanahuatzín en cambio se sacrificó con verdadero compromiso y fervor, utilizando abeto, pino y espinas de maguey.
Llegado el momento, estaba allá en Teotihuacán la gran fogata cósmica rodeada por todos los dioses en donde tendrían que saltar para consumirse en el fuego liberador de las impurezas terrenales.
Primero Tecuciztécatl intentó saltar cuatro veces, pero el miedo no lo dejó. Tocó entonces el turno a Nanahuatzín quien, decidido, saltó en medio de las grandes llamas. De inmediato, Tecuciztécatl lleno de vergüenza se arrojó a la hoguera en forma tardía.
El destino de Nanahuatzín fue convertirse en el Sol de la quinta era y Tecuciztécatl se convirtió en la luna, porque después de haber saltado, apareció por el Oriente. Fue entonces qué los Dioses decidieron arrojarle un conejo en la cara, para que no brillara tanto como el Sol.
¡Que por nuestro medio se robustezca el Sol, sacrifiquémonos, muramos todos!

De esta manera los dioses decidieron sacrificarse para que este Sol tuviera movimiento. Es por ello que a los seres humanos también se les llamaba ?"macehuales"-(merecidos del sacrificio de los dioses)-. Por ellos la tierra nuevamente tenía un Sol y estaba en movimiento.